agosto 02, 2009

Fritz Lang en Hollywood

Fritz Lang en Hollywood
El sueño americano bajo el filtro expresionista

Amigos comenzaremos ahora con una serie de comentarios sobre Fritz Lang, si no lo conoce aqui sabra quien fue para el cine.

A diferencia de otros europeos célebres trasplantados a Hollywood, como Billy Wilder, Alfred Hitchcock o Ernst Lubistch, el vienés Fritz Lang siempre ha transitado en la historia del cine americano con un perfil menor e incluso decididamente de clase B. Las razones no están muy claras, pero el carácter insobornable de su filmografía puede explicar su resistencia a trabajar bajo los códigos éticos y estéticos de Hollywood. Y eso sin duda tuvo un costo.

La relación de Lang con Estados Unidos comenzó durante la génesis de Metrópolis (1924), cuando el entonces principal cineasta de la UFA viajó para imbuirse del sistema de producción hollywoodense. Más allá de los hallazgos técnicos aprendidos, fue la fascinación por los rascacielos de Nueva York los que marcaron en forma definitoria la depurada imaginería futurista de la cinta. Una década después, cuando había acumulado una admirable filmografía a sus espaldas (Los Nibelungos, Espías, M, el vampiro de Dusseldorf y El testamento del Doctor Mabuse), el otrora hombre ancla de la UFA, ahora convertido en un fugitivo del régimen nazi, regresó a las colinas de Los Ángeles gracias al interés del omnipresente productor de la MGM, David O. Selznick.

Furia

La siempre tensa y distante relación de Lang con los estudios quedó reflejado casi inmediatamente después de su llegada a Estados Unidos: a los pocos meses de su arribo, Selznick dejó la Metro y el cineasta perdió a su único apoyo. Un liberal de raigambre progresista en el más conservador estudio de Hollywood era un problema, y el propio Lang lo experimentó al estar cerca de un año inactivo, con un par de proyectos abortados, hasta que dio con el caso de un frustrado linchamiento y posterior venganza del acusado (un falso culpable, uno de sus obsesiones más recurrentes): Furia.

En este año de inactividad, Lang estudió a fondo la idiosincrasia del país, recorriéndolo de costa y costa y devorando la realidad circundante a través de los periódicos. Por ello este filme inicial mantiene una notable coherencia ideológica con sus crudos alegatos anteriores: es la asunción en pleno Hollywood de un extranjero de mirada crítica que no va a dejar pasar la oportunidad para subvertir a su manera el sueño americano.

En Furia y la siguiente Sólo se vive una vez (You only live once, 1937), Lang estaba elaborando algunas de las premisas fundacionales de lo que unos años más tarde se llamaría cine negro: el verismo objetivo y social (a menudo documentalista), el fatalismo que rodea a sus falsos culpables y la ambigüedad de sus mujeres. Y por supuesto, la herencia expresionista que se haría palpable con sus elaboradas composiciones abstractas y sus violentos juegos de luz y sombra. No es casualidad que luego de sus interludios en el western (El regreso de Frank James entre ellos) y su trilogía antinazi, Lang esté listo para entrar en gloria y majestad a los terrenos más complejos del film noir.

Secreto tras la puerta

Inmerso de lleno en la producción independiente de clase B, Lang inauguró una trilogía plena de resonancias sicológicas con La mujer del cuadro (1944), para luego crear su propia productora, Diana, asociado al productor Walter Wanger y la actriz Joan Bennett, con quienes firmó Perversidad (1945) y Secreto tras la puerta (1947). Retomando una raíz onírica que estaba presente en sus primeros trabajos alemanes, Lang dotó de manifiesta ambigüedad moral estos relatos, apuntando sus dardos al relativismo de la justicia y donde el destino fatalista de los protagonistas se enfrenta explícitamente a un entorno inmisericorde, a menudo con la muerte como gran telón de fondo.

Como era de esperar, Lang despertó sospechas en el maccarthismo por su inclaudicable visión crítica sobre la justicia, la corrupción policial y la opresión institucional sobre los individuos. Por esta vez, las negras tragedias de sus protagonistas, lo tenían ahora a él en la mira de los administradores del mal. Y eso tuvo su efecto. Tal como recordaría tiempo después Lotte Eisner, Lang vivía sumido en el constante terror de ser acusado de algo, luego que en su juventud fuera sindicado como posible sospechoso de la muerte de su primera esposa. Eso hizo que el director escribiera detalladamente todo lo que hacía, como un diario de pruebas que demostraría su inocencia ante cualquier eventualidad.

Si bien oficialmente no era un blacklisted, la Caza de Brujas lo mantuvo tres años sin dirigir, tiempo en que perdió proyectos como el western Winchester 73 (Anthony Mann) y el ganador del Oscar de 1950 Todos los hombres del rey (Robert Rossen). Y entre encargos puramente alimenticios como House by the river (1950) y American guerrilla in the Philippines (1950), entró a la última fase de su carrera, un epílogo brillante en que al igual que el protagonista de Furia, Lang utilizaría como su venganza afilados filmes que recogerían el histerismo ideológico de su patria adoptiva.
Rancho Notorius
Uno de ellos es el western Rancho notorious (1952), una historia de venganza con Marlene Dietrich al frente de un rancho habitado por proscritos de la ley. Sufriendo indecibles humillaciones para terminarlo (un tercio del metraje fue cercenado por el productor, se cambió el título sin avisarle y la Dietrich se le enfrentó en el set), Lang ya avizoraba el término de su periplo americano, pero aún le quedarían fuerzas para cerrar su aportación al cine negro con el trío de filmes más cínicos y amargos de su filmografía, en perfecta concordancia con la caza de brujas que llegaba a su fin: Los sobornados (1953), que examina a una sociedad fracturada por la violencia y la corrupción; Mientras la ciudad duerme (1956), su ajuste de cuentas con el periodismo que cerró los ojos ante la persecución, y Más allá de toda duda razonable (1956), donde vuelve a poner en tela de juicio la idoneidad de la justicia y los valores de una sociedad que se juzga a sí misma virtuosa e íntegra. Lang abandonó Estados Unidos con un sabor amargo, dejando una serie de interrogantes sobre un país que pese a acogerlo, no lo adoptó entre sus favoritos. Escrito por Jorge Letelier (continuara...)

Gentileza mabuse.cl

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