julio 03, 2009

Spaghetti Western: 40 años


Cuando el oeste era europeo
Por Ernesto Garratt Viñes. (www.mabuse.cl)

En el 2004 se festejaron los 40 años del primer spaghetti western que valió la pena ser recordado: Por un puñado de dólares (1964), una película de vaqueros americanos que no estaba hecha en Estados Unidos, sino que en Europa, que no tenía un director americano, sino que uno italiano, Sergio Leone, y que se inspiraba no en una película hollywodense, sino que en una japonesa, Yojimbo, de Akira Kurosawa, para contar la historia del lacónico Hombre Sin Nombre, cuyo mejor discurso era disparar su Colt 45 y después hablar. Este rol daría fama internacional a un por entonces secundario actor de TV estadounidense llamado Clint Eastwood.

Por un puñado de dólares también dio notoriedad y sustento a los llamados spaghetti western: denominación con que a inicios de los años 60 se les llamaba a las producciones europeas que recreaban las películas del oeste norteamericano, casi siempre, con dineros italianos (por eso lo de spaghetti), filmadas en locaciones españolas (como Almería) y con actores de segunda línea estadounidenses y otro tanto provenientes de España e Italia.

El gran Clint, el hombre sin nombre de Por unos dólares más

Por un puñado de dólares no fue el primer spaghetti western, pero sí fue parte de la trilogía de Sergio Leone (compuesta por Por unos dólares más, de 1965 y El bueno, el malo y el feo, de 1966) que llamó la atención de alguna crítica y, más que nada, del público sobre este género bastardo y que emulaba con bajos costos la épica de las películas de vaqueros de Estados Unidos.

Mediante la construcción y reciclaje de un género como el western, los clásicos héroes como John Wayne y Henry Fonda fueron desplazados en Europa por Lee Van Cleef, Giulano Gemma, Franco Nero, Clint Eastwood, Klaus Kinski y Terence Hill. Clones de los vaqueros reales que se proponían conquistar el gusto de los espectadores, especialmente del Tercer Mundo, mediante un mecanismo simple y directo: la acción física, mucha violencia y el juego de lo inverosímil.

Aunque el reinado de este tipo de películas fue corto y su muerte se decretó en los años 70, imposible no pensar en sus alcances, directa o indirectamente, cuando hoy en día vemos la nostalgia de 800 balas, de Alex de la Iglesia, donde se homenajea con cariño las cintas filmadas en Almería; cuando escuchamos en Kill Bill, de Quentin Tarantino, cómo bandas sonoras de los spaghetti westerns sirven de telón de fondo para peleas de karatecas y cuando la última película dirigida por Clint Eastwood, Río Místico, habla de uno de los grandes tópicos del género: la venganza y la redención.

El bueno: Sergio Leone

Según anotan algunos estudios, entre 1960 y 1975 Europa produjo cerca de 600 títulos que giraban en torno a la temática del oeste. Gran parte de este abultado número de cintas siempre había sido ignorado por la crítica, pues se les consideraba cine menor y chatarra. Se supone que los europeos siempre habían sentido atracción por el western, pero lo que en gran parte motivó la producción propia fue un asunto económico. Problemas de mercado y distribución, con altos costos y una inversión con demasiado riesgo, hicieron que capitalistas del Viejo Continente prefirieran imitar las películas de aventuras al estilo de El Zorro y las malas cintas clase B del oeste.

Antes que Sergio Leone llegara para marcar la diferencia y mejorar la opinión sobre los spaghetti western y el western hecho fuera de EE.UU., el productor Michael Carreras (uno de los fundadores del mítico estudio inglés Hammer) fue un precursor. Con la cinta Tierra brutal (Savage Guns), de 1961 y protagonizada por Richard Basehart, demostró que era posible hacer un cine correcto de vaqueros fuera de Norteamérica. Otro ejemplo fue El tesoro del lago Silver (1962), del productor alemán Horst Wandlandt y del director Harald Reini. Filmada en Yugoslavia y con Lex Barker (el rostro de varias cintas de Tarzán entre 1949 y 1953) de protagonista, se basaba en la literatura del escritor Karl May sobre aventuras de la frontera.

Para 1964 cerca de veinticinco westerns alemanes, italianos y españoles se habían realizado y, generalmente, la calidad dejaba mucho que desear. El estilo de filmar no era mejor que los peplums (esas películas de romanos cuya hipnótica atracción consistía en que cada escena podía ser peor que la anterior) y la producción no aspiraba a ambiciones artísticas o personales.

El Ciudadano Kane de Leone: Érase una vez el oeste

Pero Sergio Leone ayudó a cambiar las cosas. Nacido el 23 de enero de 1929, en Roma, e hijo de un pionero de la industria fílmica, Vincezco Leone, y de la diva de la pantalla Francesca Bertini, comenzó tempranamente su carrera en el cine a la edad de 18 años -como asistente de varios directores italianos (Gallone, Comenicini, Soldati, Camerini), como también de algunos directores americanos que filmaron en Italia, como Mervyn LeRoy, Robert Wise, William Wyler, Raoul Walsh. Ayudó también en mega producciones como Quo Vadis, Helena de Troya y Ben Hur, pero su tardío debut en la dirección de películas fue en 1960 con El coloso de Rodas: un éxito de taquilla que anticipó el estilo violento y descarnado que impondría en su trilogía de spaghetti westerns.

Con una manera más ambiciosa de poner la cámara (recordados son sus agresivos acercamientos o zoom in a los rostros de sus personajes), un acento semi satírico y extremadamente violento -que dejaba el conteo de muertes de Terminator o Rambo como un juego de niños- Leone inventó un estilo que toma elementos propios del western americano, pero filtrados y puestos en la tradición barroca del cine italiano. "El western italiano inventado por Leone", anota Georges Sadoul sobre el director, "se ha alimentado de toda una tradición barroca nacional. De hecho el propio Leone dice que Por un puñado de dólares venía en línea directa de Arlequín, servidor de dos amos, de Goldini".

Leone aclaró su estilo en la prensa de los años 60 con sus propias palabras: "He abordado el género con gran amor y con gran ironía también, sobre todo en mi primer filme, poniendo en primer plano la preocupación por la autenticidad". Uno de sus mayores aportes al spaghetti western fue establecer una fórmula argumental, posteriormente, muchas veces copiada, con un héroe sin nombre (Eastwood en la trilogía de Leone), melancólico y cínico y cuya gran motivación en la vida es conseguir dinero. Una especie de mercenario.

Clint Eastwood y Eli Wallach en el más clásico spaghetti: El bueno, el malo y el feo

"Las películas de cowboys se han perdido en la psicología", solía decir el realizador en relación con las cintas de vaqueros americanas que, en los 60 y 70, buscaban entregar mensajes políticos y sociales más profundos. "El Oeste fue hecho por hombres violentos y simples, y esta es la fuerza y simplicidad que trato de recapturar en mis filmes".

Los otros "buenos"


No sólo el talento visual de Sergio Leone forjó el buen nombre del spaghetti western: la música que compuso Ennio Morricone para la trilogía de "Dólares" de Leone innovó en cuanto al ritmo, al uso irónico de coros, a la incorporación de la música electrónica y a la utilización de la voz humana como un personaje más.

La coordinación entre la música y la acción se volvió entonces esencial y una de las marcas más altas de Morricone fue en El bueno, el malo y el feo, en donde el tema central es tan reconocible que ha sido usado por la publicidad e incluso como guiño de bandas de rock duro como Metallica. Mientras muchos compositores copiaban el estilo de Morricone, otros como Carlo Rustichelli, Angelo Lavagnino, Piero Piccioni y Francesco DeMasi desarrollaban sus propios sellos. DeMasi escribió bandas para 30 filmes, incluyendo Ringo, el jinete solitario, Payment in blood y Any gun can play. Bruno Nicolai es considerado uno de los mejores compositores y entre sus trabajos se cuentan Corre, hombre, corre y el clásico Adiós Sabata. La música de los spaghetti western surgió así como uno de los componentes más preciados por los seguidores de las aventuras de vaqueros. Quentin Tarantino es uno de ellos y por eso se sirvió de El duelo, crédito del músico de películas argentino Luis Bakalov, para ilustrar con música de spaghetti... un violento animé que forma parte de Kill Bill.

Franco Nero en Django: Eastwood versión italiana

Pero para fines de los años 60 no sólo la música había rendido frutos dentro de la frontera del spaghetti western. Directores como Sergio Corbucci, conocido como "El otro Sergio", ayudó a explotar la fórmula con su hit Django, alabado éxito internacional que ayudó a imponer el tema de la venganza mediante una trama brutal. Una secuela de Django, la surrealista Django jill!, de Giulio Questi y con Tomas Milian, tiene el record de ser el spaghetti western más violento y raro, con torturas, murciélagos vampiros, crucifixiones y una bandas de criminales gays. Django, con Franco Nero en la primera versión, tuvo cerca de 30 secuelas "falsas", es decir, cintas a las que se les incluía en el título la palabra Django por criterios comerciales. Lo mismo le pasaba al personaje Ringo (Guliano Gemma), cuyas cintas no son tantas como lo indican las ventajosas re titulaciones. Sartana (1968) y Sabata (1969) y Me llaman Trinity (1970), pueden decir lo mismo.

Las ganancias crecían y el star system del spaghetti también: Lee van Cleef, tras El bueno, el malo y el feo, se había convertido en uno de los ídolos de la Europa de los años 60. Otros hollywoodenses que lograron el esquivo éxito de EE.UU. en Italia o España fueron Gilbert Ronald, Stephen Boyd, Mark Damon y muchos otros. También actores europeos lograron fama y prestigio como Giuliano Gemma (que actuaba bajo el seudónimo de Montgomery Wood) y Franco Nero. "John Ford tenía a John Wayne", decía Sergio Corbucci: "Yo tengo a Franco Nero".

Con el cuarto filme de Sergio Leone, Érase una vez en el oeste (1968), filmado con dineros americanos, la unión entre elencos "gringos" consagrados y rostros europeos fue al fin posible. En esta ambiciosa puesta en escena Henry Fonda, Charles Bronson y Claudia Cardinale compartían pantalla en una historia incomprendida por la crítica y que, con el paso del tiempo ha sido revalorada con justicia. Algo, a estas alturas, corriente con el cine de Leone.

Uno que ayudó a matar al género: Terence Hill

Lo feo y lo malo: el fin

La influencia, directa o indirecta, de los spaghetti westerns tuvo efectos en Hollywood. Muchos de los nuevos westerns americanos imitaban a los italianos en su concepto de la violencia y algunos se filmaron en España. La venganza del muerto, dirigida por Clint Eastwood en 1972, era un remake del spaghetti western de 1969, Django, the bastard, de Sergio Garrone, y la popularidad de las películas de vaqueros favoreció la buena recepción del público de Los profesionales (1966), de Richard Brooks, o Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), de George Roy Hill. Sin ir más lejos, Sam Peckinpah, el autor de la magnífica y violenta La pandilla salvaje, atribuyó la permisividad en cuanto al derrame de sangre a la influencia de los filmes italianos.

Sin embargo, en los 70 el género comenzó el declive. Estaba la dura competencia de las películas de karatecas y el cambio de gusto de los espectadores. Además, los argumentos en las cintas de vaqueros italianas eran cada vez menos complejos y los personajes se volvían tediosos. "Héroes como Sartana y Sabata actuaban más como unos James Bond del siglo XIX", anotan críticos puntos de vista sobre la decadencia y muerte del género. Signos del derrumbe son las comedias del camarógrafo Enzo Barboni, quien bajo el seudónimo E.B. Clucher realizó Me llaman Trinity (1970) y Trinity is still my name (1974), éxitos de taquilla en todo el mundo y trampolín para los actores Terence Hill (Mario Girotti) y Bud Spencer (Carlo Pedersoli). Pero ya no era lo mismo. Mi nombre es nadie, de 1974, vino a marcar un fin simbólico. Protagonizada por Henry Fonda y Terence Hill, se trató de una parodia supervisada por el propio gestor del género, Sergio Leone.

Enrique Iglesias y Antonio Banderas en una estampa digna de Almería: Érase una vez en México, de Robert Rodríguez

Hoy en día el spaghetti western es un buen recuerdo, pero vivamente citado y, cada cierto tiempo, con insólitas resurrecciones como Lucky Luke (1996), con Terence Hill, Los hijos de Trinity (1996) o los "homenajes" de El mariachi, de Robert Rodríguez y sus secuelas; de Kill Bill, de Quentin Tarantino, o de Clint Eastwood, quien dedicó Los imperdonables a Sergio Leone. Mal que mal hace cuarenta años el fallecido director ayudó a crear una de las formas de reciclaje más duraderas del cine.

2 comentarios:

  1. Es la primera vez que escucho hablar del western. Me parece muy interesante, aunque es lamentable que haya perdido acogida. Me hubiera gustado que no hubiera desaparecido.

    ResponderEliminar
  2. Soy un amante del genero y este articulo me parece por mucho el mejor tributo al spaghetti western, muchas felicitaciones Ernesto.

    ResponderEliminar